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La orientación de la energía: extraversión / introversión

Se llama “actitudes” a los dos polos de la dimensión del psiquismo que dan su orientación: o "hacia el mundo exterior" o "hacia el mundo interior".




La extroversión es la orientación del sujeto hacia “fuera”, hacia el mundo de las personas, de las cosas, de los acontecimientos, tanto para extraer de allí su energía como para dejar allí la huella de su acción.


La introversión es la orientación del sujeto hacia “dentro”, hacia el mundo de los pensamientos y de la reflexión, tanto para renovarse como para expresarse en él.

Esta orientación del sujeto hacia el mundo exterior o hacia el mundo interior se traduce en comportamientos típicos para cada una de estas dos preferencias.


El extrovertido normalmente tiende, en primer lugar, a actuar y después a reflexionar; el introvertido reflexiona durante largo tiempo antes de pasar a la acción. Para el primero la secuencia de aprendizaje es acción – reflexión – acción; para el segundo la secuencia es reflexión – acción – reflexión.

El extrovertido piensa en voz alta; necesita hablar para organizar su pensamiento. Su discurso resulta cambiante y no teme las contradicciones sucesivas, ya que expresa la marcha de su reflexión. El introvertido solamente habla tras madura deliberación; sólo anuncia en voz alta lo que ha reflexionado mucho y solamente expresa lo que le parece firme y definitivo.

Evidentemente, cuando se escuchan recíprocamente pueden surgir dificultades. El introvertido cree que lo que ha expresado es el resultado de una larga reflexión; le sorprenden las variaciones del extrovertido y le entran ganas de pedirle que no hable hasta que no se aclare. El extravertido, por su parte, espera un desarrollo de la primera frase, que para él no es más que el punto de partida; está extrañado del silencio que la sigue y tiene ganas de decir “¿y qué?”.

De la misma manera, un extravertido responde inmediatamente a la pregunta que se le hace, mientras que el introvertido se toma tiempo para reflexionar. Lo que lleva al extrovertido a hacerle de nuevo la pregunta pues cree que el introvertido no la ha escuchado porque no le ha respondido.


El hecho de volver a hacer la pregunta perturba al introvertido en su reflexión y consiguientemente alarga su tiempo de respuesta. Pero, paralelamente, el hecho de no responder turba al extrovertido y le induce a hacer de nuevo la pregunta. En estos casos, se trata con frecuencia de un círculo vicioso que puede terminar en el tradicional “tú nunca me escuchas cuando te hablo”.


La solución va por buen camino si por ejemplo, el introvertido acusa recibo de la pregunta – “te he escuchado”- de modo que el extravertido sepa que no estaba hablando a un sordo y pueda así dejarle tiempo de reflexión. A veces, a fuerza de reflexionar acerca de lo que va a decir, el introvertido termina, incluso, por creer de buena fe que ya lo ha dicho.




En resumen


Si no sabes lo que piensa un extravertido, es que no le has escuchado, porque probablemente ya lo ha verbalizado. Si no sabes lo que piensa un introvertido, es que no se lo has preguntado, porque es poco probable que te lo diga sin más.

En sociedad, el extrovertido es un rompedor de hielos, el que espontáneamente hace las presentaciones, establece las relaciones entre las personas, inicia las conversaciones y las anima. Tiene talento para entablar contactos. El introvertido solamente habla con facilidad de una materia que domina o que le resulta muy interesante. Su talento se orienta a profundizar el contacto, lo que no quiere decir que el extravertido no profundiza o que el introvertido no sabe establecer contactos. Nos referimos a las preferencias, a lo que espontáneamente hace mejor cada uno.

El extrovertido expresa con facilidad sus pensamientos y sus emociones; el introvertido, que también es intenso y apasionado, solamente los manifiesta en un ambiente de confianza. El primero busca el contacto y el intercambio y ahí encuentra su energía; el segundo halla la fuente de sus recursos en la intimidad.

Aunque de suyo una preferencia no es mejor que otra, el uso exclusivo y excesivo de una preferencia desemboca en un desequilibrio. Cada preferencia tiene su vertiente patológica, que, aunque frecuentemente no aparece, se puede manifestar en determinadas circunstancias o en algunas personas.




Sacado del libro “Sé tu mismo. De la tipología de Jung al MBTI”

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